MATTELART, ARMAND.
CEREN. Universidad Católica de Chile. 1972.
LA LECTURA IDEOLÓGICA DEL MENSAJE
LA IDEOLOGÍA
La ideología -escribe Adam Schaff- designa “Las opiniones referentes a los problemas del objetivo deseado en el desarrollo social; opiniones que se forman sobre la base de determinados intereses de clase, a cuya defensa contribuyen”.
Esta definición que nos indica la génesis de la ideología (las opiniones referentes a los problemas moldeados en el sentido de los intereses de una clase social); así como la función que ella cumple (estas opiniones sirven para defender dichos intereses), es la que adoptaremos para situar la perspectiva global de nuestro estudio.
A diferencia de la óptica empirista, que se detiene en el análisis simplemente estadístico del contenido manifiesto que trasmite el mensaje del medio de comunicación de masas, lo que nos interesa principalmente a nosotros, es el contenido latente de estos mensajes. El medio de comunicación de masas es mirado aquí como el soporte de un conjunto de mensajes implícitos y estructurados, expresión del sistema de valores de una clase social determinada; sistema que defiende los intereses de dicha clase social y da origen a comportamientos prescriptos, frente a tal o cual problema social. Con el fin de señalar el nivel ideológico de los discursos humanos materializados en diarios, revistas, films, emisiones de televisión, etc. Barthes habla de las “connotaciones” del lenguaje; lenguaje secundario por oposición al de las “denotaciones” o lenguaje primario (corriente y “objetivo”). Greimas, por su parte, prefiere la expresión “nivel mitico.”En una palabra, el análisis ideológico de los medios de comunicación, trata de describir “el sistema de los significados segundos”. (30)
Por consiguiente, el problema de solución más difícil en el estudio de los contenidos latentes, consiste en identificar las estructuras que dan coherencia al mensaje y, en último análisis, vertebran en un sistema el cuadro interpretativo de los medios de comunicación de masa, a propósito de los fenómenos sociales. La insuficiencia del análisis del contenido manifiesto, deriva precisamente del empirismo, desembocando forzosamente en la “asociación atomística” de unidades nocionales, está imposibilitado para descubrir el principio que preside a la organización del discurso y, por lo tanto, de unificar sus distintos elementos. De ahí su carácter descriptivo y su alergia a la explicación.
En este sentido, la lectura ideológica permite decodificar el sentido que tienen los mensajes, los cuales a primera vista puedan parecer banales, como, por ejemplo, los contenidos en las crónicas o emisiones acerca de la dietética, la moda, las críticas literarias, cinematográficas o teatrales; o los más clásicos, y a veces más explícitos, contenidos en los editoriales de los periódicos, de la radio o de la televisión. Todo lenguaje analizado a través del filtro de la ideología, aparece preñado de sentido ideológico puesto que revela la filigrana de una sociedad aprehendida en su totalidad, así como la inmanencia de los intereses que dicha sociedad protege. Desde este punto de vista, los mensajes implícitos revelados en las revistas románticas o en los semanarios juveniles, pueden ejercen una función mucho más “represiva” (en el sentido marcusiano de la palabra) en los estratos sociales sometidos intensamente a ellos, que la propaganda política más sutil. Por definición, esta última es más explícita y descubre la finalidad de su discurso al expresarse, llegando bajo una sola dimensión al auditorio ya advertido. Los primeros, al contrario, encuentran desprevenido al auditorio en la mayoría de los casos y cubren todos los sectores de las representaciones. De este modo, el mensaje implícito puede invadir ligeramente el campo subconsciente.
Los medios de comunicación de masas que consideramos en nuestro estudio, pertenecen a la esfera de una ideología de clase dominante, y constituyen los soportes de la ideología llamada genéricamente burguesa. Por lo tanto, reflejaran la visión del mundo (”un punto de vista coherente y unitario acerca del conjunto de la realidad”, según palabras de Goldmann) (32), que tiene otra clase y que ella desea hacer aceptar como la única razonable, la única objetiva y, por consiguiente, la única universal. En la medida en que esta clase, monopoliza lo medios de producción y domina la estructura de poder de la información, será su visión particular del mundo la que tendera a imponerse como visión general de ese mismo mundo. Pues, como dice Marx: “ Los pensamientos de la clase dominante son también en todas las épocas los pensamientos dominantes; en otras palabras, la clase que es potencia dominante espiritual”(33). Nuestro objetivo principal ha de ser, entonces, el de establecer la manera cómo la clase dominante eleva -por medio del periódico o la revista- su verdad y sus intereses, al rango de verdad o intereses universales; su concepto del bien y del mal, al rango de las categorías atemporales morales del bien y del mal. En sentido más operacional la ideología burguesa puede ser considerada - en el medio de comunicación de masas- como un conjunto de mecanismos de reducción de los fenómenos y de los procesos sociales a la escala de sistema de valores de la clase dominante. No nos interesan las “mentiras de la prensa liberal”, sino los mecanismos de su mitificación. En la categoría moral de la “mentira”, que algunos utilizan para juzgar tal o cual diario, dependen todavía demasiado del concepto moral impuesto por la burguesía, para ser capaz de poner al desnudo las falacias de la ideología burguesa. Solamente la desarticulación de los significados segundos, o, en otras palabras, de la racionalidad burguesa, como sistema social de interpretación de la realidad, puede darnos a conocer los resortes ocultos de su empresa de persuasión, llevada a cabo en el periódico o la revista. Empresa que, repitiendo las palabras de Marx logra hacernos ver a los hombres y a sus relaciones con la cabeza hacia abajo como una cámara oscura.
LA MITOLOGÍA
Los mecanismos reductores de la realidad a los que hemos aludido pueden agruparse bajo el nombre de mitos, y constituyen la mitología burguesa. El mito, en esta ideología, cumple una función determinada: sitiar a las fuerzas capaces de contrariar o desenmascarar la impostura de la clase dominante y su sistema, cumple esta función explicando la realidad por medio de los mismos principios que sirven de cimientos al sistema. El mito no oculta la realidad del fenómeno, no niega las cosas (la negación y el rechazo del hecho empírico, sería más bien actitud propia de una prensa oscurantista); hace, por el contrario desaparecer el sentido indicativo de una realidad social que dicho fenómeno podría tener, asignando a este fenómeno una explicación que oculta las contradicciones del sistema. En último análisis, esta explicación aparente no traspasa nunca el nivel de la constatación, ya que jamás trasciende el sistema social existente. Como escribe Barthes,(34) el mito vacía de lo real los fenómenos sociales, deja al sistema inocente: lo purifica. En cierto modo, priva a estos fenómenos de su sentido histórico y los integra a la naturaleza “naturaleza de las cosas”. Por ejemplo, dando una explicación coherente con el sistema de valores de la burguesía a la rebelión juvenil, el mito permite dar a lo insólito (el emerger de una fuerza de protesta) un rostro conocido y conocible; en una palabra “banaliza” la información. El público -auditor, lector o espectador- al recibir el fenómeno “rebelión juvenil” explicado (o mejor, constatado) con los instrumentos del sistema, por el medio de comunicación de masas, lo encontrará “natural” y no intentara interpretarlo como fenómeno que pone a descubierto las crisis que afectan a las estructuras de la sociedad existente y la pone en tela de juicio. Así, por ejemplo, el beatnik o el hippie, vaciados en su contenido de oposición a los valores éticos-sexuales de la sociedad imperialista, quedan asimilados a una corriente poética o a un grupo que cultiva la holganza. El mito, pues, domestica la realidad, la anexa en provecho de una seudo-realidad: la realidad impuesta por el sistema, la cual no es real, sino admitiendo las bases sobre las cuales se halla edificada la ideología burguesa, (la clase dominante como parámetro de objetividad y universalidad).
A nuestro parecer, y tomando en cuenta su modo de operar, así como los efectos que tiene sobre el sistema, los mecanismos de reducción a los que aludimos, deben considerarse desde dos puntos de vista: la recuperación y la dilución. Podemos hablar de estrategia de recuperación, cuando el procedimiento empleado por el medio de comunicación de masas para privar de cebo al fenómeno social, viene a alimentar la dinámica del sistema social que lo absorbe. Uno de los ejemplos más clásicos que tendremos oportunidad de estudiar en lo sucesivo es el conjunto de las estrategias empleadas para recuperar la propuesta política de la juventud, estrategias por medio de las cuales la clase dominante, promoviendo su noción del orden, asegura para sí el control del proceso represivo.
Por el contrario, nos encontraremos en presencia de una estrategia de dilución, cuando el medio de comunicación social prive al fenómeno de su sentido conflictivo y le integre en el background o fondo de representaciones estereotipadas. Uno de los casos más típicos es el de la fotonovela, en la cual, el llamado “orden del corazón” disuelve lo social. En otro registro reteniendo solamente ciertos símbolos formales del hippie (por ejemplo, las flores psicodélicas), la prensa diluye la finalidad de protesta éticosexual de una parte de la sociedad tecnocrática.
Sería erróneo creer que los administradores del mito se encuentran solamente en la clase llamada dominante o grupo que monopoliza el poder económico y el poder de la información. El medio liberal de comunicación de masas, no es el único vehículo de propagación para los mitos. En realidad, este medio no hace otra cosa que ratificarlos, reactualizarlos diariamente; o sea, en cierto modo expresarlos y comunicarlos, haciéndolos aflorar a la superficie de la sociedad. La sociedad-modelada por la clase dominante -en la que se inscribe nuestra actividad social e individual, es una sociedad construida de acuerdo al “proyecto” burgués y como tal se halla marcada por la mitología destinada a racionalizar y justificar las instituciones instauradas por esta clase.
Los pensamientos dominantes, en efecto, se institucionalizan; se instauran en instituciones que, a imagen de esos pensamientos, reflejan el concepto de la clase dominante respecto a las instituciones capaces de conferir a su sistema todas las garantías de estabilidad y de armonía en las relaciones sociales, ambas cosas vitales para la protección de sus intereses económicos. En el orden social representado como orden natural, independiente de los intereses de clase y elaborado -con gran esfuerzo de doctrinas morales y jurídico-políticas- para defender valores llamados universales (libertad, democracia, justicia, etc.), es en realidad un orden burgués cuyo origen se ha perdido de vista y que impregna todas las representaciones colectivas.
Los componentes mismos de la idiosincrasia nacional (otro concepto al parecer unificante) es la imagen formada por la clase dominante acerca de lo que debe ser el patrimonio idiosincrásico del país. Esta inmanencia de la burguesía al nivel de todas las instituciones de la sociedad multiplica considerablemente los efectos de la función conativa (o función persuasiva del auditorio) que tiene el medio de comunicación liberal. En la medida en que el destinatario del mensaje trasmitido, se halle ya inmerso en una institucionalidad burguesa reflejada en el soporte del mensaje, tiene todas las probabilidades de consolidar las representaciones colectivas que legitiman (y al mismo tiempo son creadas por ella) las estructuras de la sociedad existente. La estrategia de persuasión del auditorio se halla edificada en cierto modo sobre un argumento ad hominem por el cual, se confunde al auditor o al lector, oponiéndole sus propias palabras o sus propios actos. El poder del medio liberal se halla así reforzado por una infraestructura mental que este medio adosa, a veces subrepticiamente, pero siempre de manera eficaz. Porque, aunque el receptor “ideologizado” muestre clara desconfianza hacia la zona política de la ideología burguesa y hacia sus correspondientes representantes de esa prensa, por ejemplo, queda amplio margen de zonas aparentemente neutras, que el consenso general admite como naturales, es decir, incontaminadas o incontaminables por los intereses de clase. Ahora bien, son estas zonas intermedias en apariencia sin peso ideológico, las que configuran los rasgos de la personalidad burguesa y pactan a fin de cuentas con la determinación política de la clase dominante. A la inversa, muchos aspectos de la prensa de izquierda muestran penetración de la ideología burguesa que los ha hecho formar filas -demasiado rápidamente- en el registro “neutro” de los dominios o de los procedimientos que son el reflejo más sutil del orden burgués. (Ver, por ejemplo, la estrategia de reducción aplicada por parte de ésta prensa a los grupos extremistas).
Precisamente porque este orden burgués esta internalizado en cada individuo, es decir, que penetra sus costumbres, sus gustos, sus reflejos, independientemente del estrato social del que forma parte, adquiere este status de universalidad y es promovido a rango de orden natural. (35) Para convencerse, basta referirse, a título de ejemplo a un acontecimiento que hubiera podido quedar en el rango de sucesos. Se trata de la agresión a un periodista de Concepción. Éste acontecimiento permitió calibrar hasta qué punto se produce, en primera instancia, un consenso que es solo consenso entre representaciones colectivas. El análisis semántico de las declaraciones que siguieron directamente al atentado -demasiado precipitadas, por otra parte- y hechas por los distintos sectores, indican una línea de continuidad entre las representaciones de los sectores, cualquiera sea su determinación política. El consenso de la indignación se realiza en nombre de valores llamados universales, pero que, en realidad no son sino valores apoyados sobre realidades burguesas y que sirven para mantenerlas. La indignación nacional se produce con mayor facilidad por ser el hecho original de naturaleza moral, cosa que para muchos y de manera paradojal, es un dominio axiológicamente neutro. Es interesante hacer notar que todas las declaraciones se creían obligadas -desde las primeras palabras y para no romper el consenso e incurrir en las iras de un auditorio indignado- a condenar la inmoralidad del atentado.
Todos caen en la trampa cuando la esfera de esta moral gira entorno a lo sexual. (El sexo, no es una categoría biológica, natural, y por tanto sin implicaciones ideológicas). Y la puerta está abierta para que condonación tan rápida, en nombre de principios morales, degenere en defensa de las libertades llamadas democráticas: libertad de prensa, condenación de la violencia, etc. Ese principio burgués de la defensa de la libertad de prensa que, como vemos, no es en realidad sino la defensa de la propiedad de los medios de comunicación social, por grupos monopolistas que, mientras estigmatizan la inmoralidad de un grupo político, presunto autor de un atentado, silencia la inmoralidad de la prensa amarilla, representada por la víctima de la agresión. Sólo después de reponerse y en un acto reflexivo -motivado por la violación de la autonomía-fuera de algunas personas que lo hicieron en los primeros días, apareció el hecho cargado de un “significado segundo” a los ojos de otros sectores. Más adelante se nos presentará la ocasión de volver sobre el tema.
LAS REPRESENTACIONES COLECTIVAS
Mientras los individuos y los diversos grupos sociales no logran diferenciar -por medio de un esfuerzo de demistificación- sus representaciones y el orden que les ha dado origen, la representación colectiva asimilada por los individuos, llega a constituir un sistema de autorrepresión y de autocensura que la convierte en uno de los instrumentos más eficaces de la dominación social. ¿Por qué?
1. El orden burgués promovido al rango de orden natural puede ser administrado por clases que no sean la clase dominante. Como el único poder real es el poder sobre las fuerzas de producción, la burguesía hegemónica pude consentir en el orden, la justicia, la represión; o lo que son y deben ser el arte, la cultura, la educación, etc., la presencia burguesa se halla latente y asegura el consenso fundamental. Por medio de la representación colectiva indiscernible de su experiencia vivida (36), el dominado se convierte a sí mismo en su agente de alienación (37). Por ese motivo, las burguesías manifiestan absoluto sentido de contingencia respecto de la forma política de dominación, y pueden sentirse tan conformes con una democracia formal, como con un régimen dictatorial ilustrado -(sus llamados a la sedición se encuentran con demasiada frecuencia en la prensa liberal, como para que nos engañemos sobre este punto) El nudo gordiano de los fracasos (o de sus victorias a lo Pirro) de los regímenes reformistas, se halla precisamente ahí: las estrategias neocapitalistas de desarrollo -agrupadas generalmente bajo el nombre dasarrollismo- al emprender reformas parciales, como la reforma agraria, no ven las importaciones colectivas y creyendo en su evolución mecánica, ven que sus esfuerzos son recuperados por el orden burgués, el cual crea entonces para el campesino emancipado, el ideal de la nueva clase media rural y el acceso a la sociedad del consumo. La importancia del medio de comunicación de masas aparece aquí como vital. El mensaje reformista trasmitido en las campañas de concientización desarrolladas por los organismos oficiales, entra en conflicto con el mensaje tecnocrático del medio de comunicación social, monopolizado por la clase dominante (fenómeno agravado en la misma medida en que la reforma agraria es sólo un fenómeno parcial y no masivo; y en la medida, además, en que dicha reforma no corresponde a cambios paralelos de las estructuras urbanas, de la industria, de la banca, etc.). (38)
Es muy significativo que la sociología burguesa al tratar los fenómenos de anomia en los países del tercer mundo de esa ausencia de concordancia entre en la experiencia cotidiana y las normas que sirven de cuadro a esta experiencia y debieran regularla -centre siempre su análisis causal en los cuellos de botella provocados por las modificaciones de las estructuras asociadas a la modernización de la economía. Pero el problema principal no radica en estos inconvenientes, ni puede explicarse de manera total y satisfactoria por la fórmula mágica de la transición. Las contradicciones que se producen en la personalidad del campesino recién emancipado, no son otra cosa que la proyección de las contradicciones de la sociedad burguesa, que deja subsistir institucionalmente el mecanismo de las políticas y de las teorías desarrollistas. En efecto, es muy probable que esta anomía no sea un gollete de estrangulamiento pasajero, una discontinuidad transitoria sino un rasgo, persistente, característico de la esencia misma de la sociedad burguesa, en estado puro o “remozada” por la tentativa reformista. Una vez más, esta observación nos muestra claramente cuan aprisionada se halla la sociología burguesa dentro del cepo del status quo; hasta qué punto se encuentra desprovista de las categorías conceptuales más elementales cuando se trata, no ya de legitimar las estructuras de la sociedad existente y de integrar al individuo en esta sociedad “modificada” sino de transformarla en forma radical, sustituyendo los principios sobre los cuales se encuentra edificada, es decir, tratando de suprimir la fuente de los antagonismos sociales y la reificación burguesa del hombre.
2. La permanencia de estas representaciones burguesas colectivas vividas como naturales, escinden la personalidad del hombre revolucionario e instalan en él una personalidad conflictiva. “La forma cultural burguesa nos separa, contra nosotros mismos, desde dentro de nosotros mismos… La burguesía esta en nosotros como un obstáculo para comprender y realizar el proceso revolucionario…” Dualismo que “divide al hombre en sensibilidad propia y racionalidad externa, que abre un abismo entre lo subjetivo y lo objetivo”. Siendo imposible la marginalidad absoluta, la auto-alienación del individuo que vive las contradicciones de la sociedad burguesa llega a ser una regla de supervivencia que lo inmuniza preventinamente contra otras representaciones. Esto explica el hiato inmenso que se abre entre la determinación política y las representaciones éticas y estéticas, marcadas por la racionalidad burguesa, en la personalidad del hombre de izquierda.
De ahí la decisión entre las actitudes de determinación políticas y las que se observan frente a las instituciones burguesas. Esta incongruencia entre las actitudes, ha sido, estudiada ya empíricamente. Recordemos solamente este caso flagrante que instala la contradicción en la personalidad de los jóvenes revolucionarios: la incoherencia entre las actitudes de la racionalización política y el concepto de la mujer y de la familia, calcado sobre el modelo más puro del familismo burgués. Es de temer que, en el dominio de la imagen de la cultura, la auto-alienación sea tanto más fuerte cuanto más halla neutralizado este dominio la burguesía, elitizándolo.
Los representantes de la sociología burguesa explican este maniqueísmo de la personalidad, que aísla la determinación política de las representaciones, por el asincronismo en la evolución de la personalidad, de la cultura y de la sociedad, asincronismo inherente a las sociedades en tránsito de una fase tradicional a otra moderna. Las categorías tradicionalimo-modernismo tienen nuevamente a su parecer la virtud mágica de poder explicarlo todo; pero en realidad no explican nada fundamental. No hacen más que introducir en la explicación un nuevo maniqueísmo que desideologiza el sentido de la personalidad conflictiva. Hemos aludido ya al hecho de que las nociones moderno y tradicional, no son valorativamente neutras.
Con anterioridad a la elección de estas categorías, existe una elección ideológica referente al tipo de sociedad en la cual dichas categorías, al insertarse en ella, adquieren realidad histórica. Concebido originalmente como tipo ideal que facilita las tareas del análisis de las sociedades, lo moderno a llegado a ser un modelo teleológico de estratificación social y de cultura; sinónimo de una sociedad de abundancia, en la que domina lo tecnológico que celebra el crepúsculo de las ideologías. Nada más ambiguo, por ejemplo, que definir el “modernismo” de las actitudes respecto al status de la mujer. El concepto mismo de emancipación femenina, -expresión de ese fenómeno modernismo- varía totalmente según se lo mire a la luz de la racionalidad burguesa, o a través del lente desmitificador de la racionalidad marxista.
Para la primera, la redistribución de los papeles en el interior de la familia y de la sociedad, desemboca fatalmente en la degeneración feminista, donde los papeles del hombre y de la mujer asumen una nueva definición a expensas del antagonismo, y donde se proyecta el principio individualista sobre el cual se halla construida la sociedad burguesa, principio que aísla a la mujer de los demás grupos sociales. Para la segunda, la igualdad de los sexos no es sinónimo de asimilación ni tampoco aísla al grupo femenino del resto de los grupos sociales, sino que hace de él un elemento de presión para lograr la transformación de las estructuras y mentalidades de la sociedad.
Por otra parte, la actitud considerada moderna para la mujer de clase media superior, en una sociedad de estratificación rígida, no puede inscribirse en el registro de la modernidad sino de manera muy relativa. Mientras la mujer estudia, trabaja, etc. sea, realiza su emancipación, a costa de la explotación de otras clases, por la permanencia de servicios domésticos; y mientras la distribución de papeles no sea paralela, porque el marido no está obligado a redefinir su papel, es difícil afirmar que existen actitudes decididamente modernas. Este ejemplo hace ver claramente la necesidad de considerar la dimensión teleológica, sino que se desea hacer servir el modelo bipolar de la transición a cualquier fin que sea precisamente el rechazo del cambio social.
Estas pocas observaciones parecen adquirir importancia, por cuanto, como tendremos ocasión de verlo más adelante, el medio de comunicación de masas liberal, pretende también por su parte -igual que la sociología burguesa- imponer la neutralidad social de la tradición y de la modernización. Estas observaciones son también fundamentales para situar el trabajo demistificador que define el análisis de la ideología implícita: se trata de descubrir las contradicciones del sistema burgués en todos los niveles de la producción social (económico, político, jurídico, moral) y su proyección en los individuos. En esta empresa, el examen de los mensajes trasmitidos por el medio de comunicación de masas solamente en uno de los numerosos aspectos del trabajo para descubrir esos núcleos de obstrucción racional, que la burguesía ha instalado en la sociedad y en los individuos. Mirado desde este punto de vista, podemos caracterizar el modo de operar del periódico y de la revista liberal como la búsqueda de una justificación y racionalización de las contradicciones inherentes a la forma de producción capitalista.
Por otra parte, veremos, a medida que las fuerzas sociales que enjuician al sistema emprendan acciones más y más opuestas a la institucionalidad burguesa, que los recursos argumentales, utilizados por el diario, la revista, ect. serán cada vez más dracanianos y desenmascararán progresivamente la red implícita de la ideología burguesa. Se presenciará una escala de violencia y de protestas que habrán de variar de acuerdo a su carácter más o menos revelador de las contradicciones de la sociedad, y a cada fase corresponderán estrategias de recuperación de la reivindicación que se escalonará conforme al grado de desquiciamiento que esta protesta sea capaz de causar a dicha institucionalidad.
EL ESTEREOTIPO SOCIAL.
Ultimo punto importante, antes de cerrar esta exposición de ideología: la relación entre esta última y los estereotipos.
La ideología burguesa, tal como la hemos definido anteriormente, puede caracterizarse diciendo que es el establecimiento de una racionalidad en el cuadro de un sistema social determinado. La ideología se halla, pues, con la formación de conceptos que tienden a representar categorías de pensamiento lógico (lógico en la medida en que se aceptan los presupuestos epistemológicos sobre las cuales se halla edificada la ideología) Globalmente, su modo de aprensión de la realidad, se realiza por medio del proceso de conocimiento que se conforma al criterio de objetividad que da coherencia interna al sistema conceptual. Los conocimientos -visión del mundo- que cristalizan los conceptos, condicionan y orientan los comportamientos y las actitudes de los individuos.
El estereotipo, al contrario, es la resultante de un modo de captación pragmática de la realidad, en la cual interviene la actitud emocional y volitiva de los individuos o grupos sociales. Resulta pues un modo esencialmente subjetivo de aproximación, dominado por lo valorativo. Por ejemplo, los estereotipos sociales que fijan cierta imagen de la clase obrera y de la clase superior, imagen capaz de guiar los comportamientos entre las clases sociales, se expresan en juicios de simpatía, de hostilidad o de indiferencia.
Sin embargo, es difícil separar la aparición de los estereotipos de la ideología, y viceversa. En efecto ambos -bajo formas diferentes- traducen un determinado sistema de valores. Es así como los estereotipos sociales, tales como: “el proletariado es sucio”, “el negro es perezoso”, pueden darse solamente en una sociedad cuya ideología institucionalizada, está constituida sobre un sistema de valores que admite la explotación social. Los estereotipos de la sociedad y de la pereza, no son otra cosa que la expresión emocional -al nivel de la reacción- de un conjunto de relaciones sociales racionalizadas en el sistema de dominación. El estereotipo viene a explicar aquí una situación de miseria, y, por tanto, a justificar la explotación o la marginalidad del proletariado, o el empleo de la fuerza para obligar a ese colonizado a trabajar y explotar sus riquezas.
Puede verse ya el lugar que ocupará el estereotipo en el medio de comunicación social, cuando se trate de hacer pasar, a clases que no tienen acceso a la captación objetiva de la realidad, el mensaje de la explotación, y la consiguiente delegación de poder, para tomar el relevo en esta explotación, llegando así a constituir sub-conjuntos ideológicos, relacionados todos con una matriz: la ideología burguesa.
Igual que las ideologías, el estereotipo social es un producto elaborado por la clase dominante. De ahí que los estereotipos referentes a la personalidad modal de un país (por ejemplo Chile: el chileno ingles de sud- América) expresa la visión de una sola clase acerca de ésta personalidad modal la cual no toma en cuenta el hecho de que la existencia de una estratificación social rígida, origina subculturas muy diferentes unas de otras. Esta constatación no impide esta otra, que ciertos grupos sociales pueden crear estereotipos antídotos, tomados en préstamo de otras realidades sociales, diferentes a las de las clases dominantes, pero en estos casos, tales estereotipos quedan cercados por la ideología dominante. Lo que afirmaba Lenín de la cultura nacional permanece totalmente válido: “cada cultura nacional comparte elementos -hasta algunos no desarrollados- de una cultura democrática y socialista; pero en cada nación existe, de igual modo, una cultura burguesa… no solo en el estado de “elemento”, sino bajo la forma de cultura dominante”.
Si tuviésemos que comparar la ideología con el estereotipo, podríamos recurrir a los análisis de Adam Schaff. “Hay como parte integrante de comportamientos, etc., enlazados con el sistema de valores dominante en cada caso. La ideología no es, pues, idéntica al estereotipo; tampoco está en relación de clase o de sub-clase, aunque la ideología y los estereotipos se hallan estrictamente relacionados y ejerzan influencia mutua, unos sobre otras. Porque así como los estereotipos influyen sobre la formación de la ideología, las ideologías influyen sobre la formación de los estereotipos sociales”. Este conjunto de observaciones nos permite añadir otra variable en la lectura ideológica del medio de comunicación de masas.
En realidad, los mecanismos racionalizantes de la dominación burguesa no varían sustancialmente en el espacio ni en el tiempo. El análisis paralelo de las prensas liberales, europeas y chilena, por ejemplo, no arroja diferencias esenciales en cuanto a los procedimientos a los cuales recurren con el fin de recuperar la protesta juvenil. Y, si leemos a los precursores de la ideología burguesa, tales como Adam Smith y Malthus, encontramos ya una acabada elaboración del vocabulario de la mitificación de una clase que decreta su cuadro conceptual, como el único representativo de la racionalidad.
Pero es preciso admitir que el tipo de burguesía dominante, así como el sistema de producción que le da forma, es elemento determinante en la fijación de estos estereotipos y de su integración con la ideología. Es claro que los estereotipos de grupos de hombres, de profesiones, de comportamientos, a los que se refiere Adam Schaff como parte integrante de la ideología, difieren mucho entre una sociedad donde la burguesía conquistante ha realizado una revolución industrial y otra donde la burguesía dependiente ha rehusado sistemáticamente a la industrialización y ha impedido el deslizamiento de la estructura social. Habrá diferencia, no solo en las categorías de los estereotipos, sino también en su posibilidad de aprendizaje en las actitudes y comportamientos capaces de mayor o menor efectividad. La internalización de estos estereotipos; se halla efectivamente en relación directa con el grado de conformismo y de acriticismo que exige la sociedad a los grupos sociales. Es evidente que no podemos agotar por el momento este tema, ya que constituye uno de los objetivos de las diversas lecturas ideológicas, que aspiran a disecar los estereotipos de la prensa liberal chilena, y a descubrir sus relaciones con la racionalidad burguesa. Así pues, solamente al final de este estudio podrán avanzarse ciertas hipótesis que precisen este punto.